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lunes, 19 de diciembre de 2016

Contra Trump, guerra sucia permanente







Acusar, sin pruebas a la vista, a Rusia y a Vladimir Putin de haber influido en el triunfo de Donald Trump sobre Hillary Clinton es la más reciente muestra de la guerra sucia emprendida por los poderes -fácticos e institucionales- derrotados el martes 8 de noviembre de 2016 para torpedear, maniatar y anular al candidato victorioso.
El argumento de que con el hackeo de miles de correos electrónicos del Partido Demócrata logró Rusia inclinar la balanza electoral en favor de Trump no sólo no tiene sustento probatorio, sino que resulta risible y pueril. Sólo que con acusaciones tan poco firmes fueron destituidos recientemente los presidentes Fernando Lugo, de Paraguay, y Dilma Rousseff, de Brasil, mediante sendos golpes de Estado de índole parlamentaria.
Y conviene recordar al respecto la destitución, vestida de renuncia, de Richard Nixon, y la casi destitución de William Clinton. El primero, acusado de haber mentido en el curso de las investigaciones judiciales sobre el asunto Watergate; y el segundo por un asunto de sexo extramarital en horas de oficina y en la propia oficina del inculpado.
De modo que el asunto de los correos hackeados, tan insostenible como es, no puede ser menospreciado como factor de la lucha por impedir que Trump asuma la Presidencia o por deslegitimarlo y acotarlo desde ahora. Digamos que en el menos grave de los casos, sería una probadita de lo que le espera a Trump si continúa con sus afanes antiglobalizadores.

Como puede verse, la situación política actual en Estados Unidos no es inédita y menos aún excepcional. Otro caso que conviene recordar al respecto es el tratamiento dado al incómodo presidente John F. Kennedy. Haber procurado la salida de EU del pantano de la guerra de Vietnam; haber desistido de borrar del mapa a Cuba socialista; y haber procurado desmonopolizar un poco la industria acerera estadounidense fueron razones suficientes y poderosas para haber decidido la eliminación física del popular mandatario.

La guerra, ya se sabe, es un grande y permanente negocio para la élite económica estadounidense en sus ramas armamentista y financiera. Y así como Kennedy era un obstáculo para la continuación de la guerra de Vietnam y para desatar la agresión armada contra Cuba, ahora Trump es una amenaza para la política de guerras sin fin representada por Hillary Clinton y por los dos partidos políticos dominantes en Estados Unidos.

Trump ha dado reiteradas y sólidas muestras de que no pretende un enfrentamiento militar con Rusia. Y, por supuesto, se han encendido las alarmas del establishment guerrerista estadounidense. Esta posición antiguerrerista ¿no es razón suficiente para obstaculizar a un presidente y a una Presidencia tan poco funcionales al statu quo?
Donald Trump ha superado exitosamente la campaña deslegitimadora, rica en adjetivos y paupérrima en sustantivos, enderezada en su contra por la derecha globalizadora planetaria. Y también ha superado con absoluto éxito el recurso del recuento de votos en estados clave para la elección presidencial.

Y es asimismo probable que supere la faceta de la guerra sucia contra su victoria representada por el argumento de que la ayuda rusa lo encaminó a la victoria. Así ha sido hasta el momento. Pero no debe perderse de vista que antes de tomar posesión o después de que ello ocurra puede ser defenestrado. Recuérdese que Watergate ocurrió en el primer mandato de Richard Nixon, y que su renuncia-destitución, fraguada conjuntamente en los tribunales y en el Congreso, aconteció ya bien entrado su segundo periodo en la Casa Blanca.

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